Hoy es Pascua. Hoy
todos los seguidores de Cristo dicen con alegría: Alleluya.
Hoy la alegría es la nota distintiva de la liturgia de la Misa.
¿Por que? Porque Cristo, aquel que nació en Belén
de una Virgen, aquel que predicó un mensaje de salvación,
aquel que pasó haciendo el bien, aquel que fue crucificado
y enterrado, resucitó. Volvió a vivir.
Y, claro, esto fue un motivo de alegría para Pedro, para los
apóstoles, para las santas mujeres y para las muchas personas
que lo vieron y estuvieron con Él varias veces después
de haber resucitado.
Pero, es un día de alegría, no solamente para aquellos
que lo vieron después de la resurrección, sino para
todos los que son sus discípulos. Jesús vivió,
murió y resucitó para salvarnos a todos, como Él
mismo nos dijo en La Última Cena, la primera Misa celebrada
en la tierra: Tomad y comed todos de él, porque esto es
mi cuerpo que será entregado por ustedes. Esta es mi sangre
que será derramada por todos para el perdón de los pecados.
De modo que, Cristo murió y resucitó también
por nosotros, por ti y por mi, para perdonarnos nuestros pecados,
para darnos una vida nueva, para salvarnos. El mensaje central de
la resurrección es la victoria de la vida sobre la muerte.
Es por eso que todos los que somos cristianos nos alegrarnos. Jesús
resucitado nos ha abierto una esperanza de vida eterna.
San Pedro nos acaba de decir una cosa muy importante: Este es
Jesús a quien Dios ha resucitado y nosotros somos sus testigos.
Todo lo que hizo Pedro y los otros apóstoles durante el
resto de sus vidas fue ser testigos de que Jesús resucitó.
Todo lo que la Iglesia Católica, fundada por Cristo sobre Pedro
y los otros apóstoles, ha hecho durante XX siglos, ha sido
eso mismo: continuar dando testimonio de que Jesús ha resucitado
y ha dado ese testimonio por boca de los Papas. obispos, sacerdotes,
religiosos, seglares, mártires, misioneros, gente culta, gente
humilde y sencilla, en todos los tiempos y países del mundo.
Esto es lo que tenemos que seguir haciendo los cristianos de hoy:
ser testigos de Cristo, hablando sin miedo ni cobardía al mundo
de hoy sobre lo que Cristo nos enseñó. Esa es la verdad
y, guste a la gente de hoy o no le guste, los cristianos tenemos que
ser testigos de la verdad. No podemos menos de decir aquello que sabemos,
que hemos recibido: JESÚS HA RESUCITADO, ALELUYA!